El Movimiento Social y el Progresismo, dos espacios que
protagonizan acontecimientos importantes, en la región, que han cambiado el
curso de la historia. El primero, utilizando la calle, sirve para levantar
reivindicaciones, propuestas, demandas y problemas sociales que afecta a la
población; y el segundo, forma de gobierno, dentro del capitalismo, que
concentra su accionar en una justa redistribución de la riqueza, y adecentar el
proceso democrático.
Ante estos fenómenos políticos y sociales, las corrientes
políticas e ideológicas no se quedan con los brazos cruzados. Intentas
controlar e influir en los mismos, para que le sirvan a sus planes tácticos y
estratégicos. De ahí que las izquierdas y la derecha no dejan de estar
presentes.
En la región han tenido que batallar con una oposición firme y diversa. El progresismo tiene connotaciones muy complicadas a la hora de estudiar sus movimientos y resultados. De lo que estamos seguros: es una corriente política positiva que puede acelerar el tránsito democrático.
El progresismo y el movimiento social tienen sus particularidades en función de su país de origen; sus necesidades, limitaciones y ventajas. Deben saber manejar con inteligencia el carácter antiimperialista del proyecto. Y por último, tener mucho cuidado con no confundir a los amigos con los enemigos.
En el capítulo dominicano, el progresismo es débil y muy difuso. El movimiento social, los Estados Unidos lo manejan a su antojo; aunque pierden fuerza, cuando se encuentran de frente con una oposición unitaria. Su presencia e influencias son evidentes. Algunas veces camuflageada, ahora a la franca, con el mayor descaro posible.
El movimiento social y popular no tiene nada de independiente. Aunque se alejan de los partidos políticos, lo hacen para evitar su contaminación y manipulación partidaria visual; causa de su división y extinción.
Estamos claros, los sectores al servicio de los Estados Unidos no tienen nada de progresistas. Su misión es castrar el movimiento social y comunitario, para evitar el control de los revolucionarios y comunistas. Es una pelea, cuerpo a cuerpo.
Son tan inteligentes, como todo imperio, que se adelanta a los acontecimientos, para impedir efectos devastadores a sus intereses. Conjugan muy bien el presente y el futuro, para posicionar sus fichas en posiciones claves en el tablero del ajedrez político.
El “progresismo” dependiente, pro yanquis, descansa su fortaleza en los medios de comunicación, y en la posibilidad de alcanzar funciones públicas. Sus recursos son ilimitados, detrás tienen el poder imperial. No esconden sus posiciones anticomunistas, aunque algunas veces disfrazan el muñeco.
El verdadero progresismo lucha por profundizar el proceso democrático que garantice mejores condiciones de vida y de trabajo; impulsar la producción nacional; incorporar los avances tecnológicos a las técnicas productivas y al diario vivir; combatir la corrupción y la impunidad, y preservar el medio ambiente, evitando su explotación salvaje. La defensa de la soberanía y la independencia, son piezas intocables, si queremos un camino independiente ante el poder destructor del imperialismo.
El gran reto de los grupos revolucionarios y comunistas: impulsar un
progresismo de nuevo tipo que tenga como base un movimiento social y popular saludable, plural, democrático; incorporando a los trabajadores, campesinos y otros sectores; y evitar “narigonearlo” a manera de su estructura partidaria.
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